sábado, 10 de octubre de 2015
El arquero y su origen
Parecía algo imposible.
No lograba comprender como un ser tan majestuoso, pudiese haber sido abatido.
En el frenesí que precede a la fiesta, me acerqué sigiloso, con mi caminar invisible.
La vida se le escapaba en un lento fluir viscoso. Todo era rubí.
Acaricié su rostro, por primera y última vez. Cerré para siempre sus ojos. Volví al hogar.
Sentí una extraña y honda pena. Desolado, contemplé mis manos cubiertas de su sangre aún húmeda.
Le imaginé bramando, corriendo libre en las verdes praderas, azotando al viento. Después, en descanso, recobrando de nuevo su perdido aliento.
Fue en esos instantes, que se produjo la alquimia de mis manos, a la piedra.
Fue en aquel momento que decidí ser arquero.
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