No debemos consentir que el pasado nos haga esclavos del tiempo a través de la memoria.
viernes, 15 de enero de 2021
Reina roja
El frío despereza mis agarrotados miembros.
Parece que mis miedos se van estrellando, uno a uno, contra un muro de indiferencia.
Creía que no volvería, en mucho tiempo, a coger un grueso volumen en mis manos, abrirlo en canal y devorarlo. Pues el caso es que acabo de depredar una novela "negra" y me ha resultado muy gratificante perderme, por unas sesiones de unas horas, en otras apariencias y otros mundos.
Lo mejor, es que compruebo que mi mente se ha recuperado estupendamente y la vista, aunque de noche me falla, aun está bien compuesta en mi cuerpo.
Mientras y, de momento fuera, el coronavirus se va explayando cada vez más y más, con el frío polar asido a su mano. Para que no olvides ni un solo instante su voracidad, estamos expuestos a un incesante bombardeo de ¿información? que nadie acaba de entender y mucho menos asimilar. Lo mejor en estos casos es cerrar el grifo y sumergirse sin remedio en el ahora.
Sobre la mesa está la taza de café de media mañana. A su lado, yacen virginales, los papeles de acuarela que esperan impacientes su próxima transformación. Ahora mismo no se me ocurre ni como comenzar. Supongo, que lo mejor será comenzar con un fondo suave y sugerente.
Es curioso, también estoy empezando a dejar de sentirme mal (sentirme culpable) por pensar que administro mal el tiempo libre de ataduras que me ha sido otorgado. En realidad lo que creo que sucede, es que cada vez pienso menos y procuro sustituir la mayor parte posible del espacio del pensamiento por espacios construidos con pequeñas acciones.
Es un intento de ir a la par: ir pensando de manera breve e inmediata e ir haciendo y entregarse de manera plena a la acción, aunque la acción en un momento dado sea fregar los cubiertos y la vajilla.
Volviendo a la novela que he terminado hace unas horas, creo que es la primera vez que leo algo en lo que no me identifico con ninguno de los personajes. La novela (Reina Roja de Juan Gómez Jurado) no es la puta locura. Simplemente, sentía la necesidad de leer algo "entretenido", leer algo sin tener que estar deteniéndome a cada instante para ver que quieren decir unas pocas líneas, como me pasa con Javier Marías y muchas veces todavía con Umberto Eco.
Hace un rato pensaba para mi que no deberíamos consentir que el pasado nos haga esclavos a través de la memoria.
La memoria (propia) es el mecanismo del cerebro que hace que sintamos continuidad de ser, que nos sintamos como individualidad, que pensemos que realmente existimos como un yo.
Toda acción y todo pensamiento quedan sometidos a sus dominios.
Últimamente pienso mucho en que creía estar enamorada de una persona y, en realidad lo que ha sucedido es que he estado mucho tiempo enamorada de una idea sobre esa persona; de sensaciones y sentimientos pasados que sacaba a flote una y otra vez, igual que el religioso se entrega a sus plegarias.
Algo que sucedió con esa persona por una breve estancia de tiempo, en contados momentos, ocurre que no he sabido asimilar que nunca más volverían a suceder.
Ahora sé que he pasado mucho tiempo aferrada a la necesidad de volver a verle, sin querer entender que hacía mucho que lo había perdido. No quería soltar vínculos y en realidad creía aferrarme a algo que nunca había tenido. Hasta llego a sospechar que nunca hubo reciprocidad de sentimientos. Sí, he perdido el tiempo hundida en la prosa vil.
Pero ahora, ¡qué bueno que pasó!
Ahora sé que no podía leer porque era el acto que más me acercaba a él, a mi pequeño dios particular y no hacía sino intentar leer libros que me figuraba que podían estar en su repertorio. He entendido que yo ya estoy desde hace mucho en otra frecuencia, me lo dice la llama sagrada que habita mi pecho.
Ahora sé otra cosa, que también se puede escribir sin estar enamorada. Los resultados son distintos, pero la necesidad de expresión sigue siendo la misma, pero ahora soy yo desde la consciencia quien debe prender el motor.
Pero que no esté enamorada de un hombre no significa que la energía creativa desaparezca, hay muchas fuentes que manan para mi deleite y placer. Eso es al menos lo que siento.
Me he acercado a este lugar ficticio para escribir unas líneas, para decir que no sé de qué exactamente pero que me estoy curando. Que por fin puedo volver a leer y concentrarme. Que he sustituido el miedo a la hoja en blanco por una inyección de energía potencial.
Que en cada acercamiento a través las palabras, con los pinceles, con el medio de expresión que sea, se derrama un poquito de mi alma y que al verterse, lejos de disminuir, su "dimensión" aumenta.
También he descubierto que lo más preciado que hay en este mundo es estar en paz, porque desde este estado todo es posible.
Y de momento no se me ocurre nada más. Vamos a alcanzar el mediodía, una medida de tiempo muy cercana a la una y cuarto.
viernes, 8 de enero de 2021
A veces me siento
Como un alto perenne en el camino.
Como el murmullo incesante del agua que se pierde en el silencio.
Como la hija de un dios menor.
Como la duda de lo que fue y de lo que pudo haber sido.
Como el rostro de mil caras que se confunden con el vasto universo.
jueves, 7 de enero de 2021
El temporal (I)
Todo parece que se detiene cuando se hace demasiado densa su ausencia.
El ansia de volver a verlo hace que se paralice mi mundo.
Y el tiempo se me escapa como arena que se desliza entre las manos.
Más no quiero que este bucle de ausencia - inactividad se repita una y otra vez.
Por eso vuelvo a mi sagrado refugio.
Fuera, la nieve, por su excepcionalidad en estos lugares, se convierte en la protagonista de la jornada.
Dentro, la soledad me abruma. Gracias a la compañía de Fénix (la gata), no se me hiela del todo el alma.
No se porqué dejo el tiempo pasar, este tiempo que no nos pertenece, pero que parece pedirme a gritos que lo llene de contenido.
He de volver al papel grueso, a los lápices y a los brillantes colores de la acuarela.
Cuando estoy así, no me veo, sólo veo una faceta mía que detesto, esa que rehúye de hacer cosas.
Suenan las seis de la tarde en el reloj del ayuntamiento, tres minutos antes de que sean las seis en el resto de los relojes.
Una de las cosas que más me gusta es ver como se van llenando de contenido los espacios en blanco, ya sean estos el virtual folio del PC, la hoja A4, o el grueso papel de acuarela, al que me refería antes.
Yo tengo un sueño, que apenas si puedo esbozar cuando me acuesto por las noches, porque me duermo al poco de empezar a imaginarlo. Yo creo que me duermo porque siempre empiezo por el final y mi mente perezosa evita encontrar la trama que es el que sería su principio.
Pero sé una cosa de este sueño que nunca supe de ningún otro sueño y es que con orden, trabajo amoroso y algo de suerte, podría convertirse en realidad.
No es algo que le haya pedido al año nuevo, porque entre otras cosas hace muchos años que no le pido nada ni al año, ni a las velas de cumpleaños.
Se bien que el sueño se me pierde en la inactividad y modorra del pensamiento.
Me cuesta aceptar que las personas no son las que le dan sentido a esta extraña cosa que es la existencia. Las personas que nos acompañan en el camino, las personas que queremos, son siempre un gran impulso vital, pero el motor que lleva a la acción se encuentra dentro de uno mismo y no acontece de repente en una larga espera.
Anochece. Miro la calle a través de una rendija de las cortinas que dejan ver un trozo de cielo y parte de las casas de la calle.
Caigo en la cuenta que hace siglos que no leo un libro. Ya va siendo hora que compruebe el estado en el que se encuentra mi mente. En realidad queda mucho por hacer. Pero creo que ya es hora de hacer sólo aquello que sea realmente necesario.
Ahora, necesito poner un poco de orden en la casa y luego sigo.
A ver si me pilla la inspiración trabajando.
miércoles, 30 de diciembre de 2020
Exorcizando
El tiempo que me ha sido asignado no te pertenece. Tampoco le pertenece a mi hijo. Ni siquiera me pertenece a mi.
Estoy intentando sobreponerme a mis miedos porque ya no puedo más. Siento tu odio hacia mi como un animal hambriento, insaciable. También, veo tu odio como una lente deforme que crea monstruos imposibles allá donde sólo hay una voz humana.
Nunca pensé que transitarías territorios pantanosos llenos de cadáveres antes que tender puentes hacia la cordura.
Deberías sentir tormento cada vez que cierras una puerta, que el sonido de cada uno de sus goznes te recordara aquella fatídica vez que me cerraste la puerta y me abandonaste a la enfermedad y la muerte.
Mi corazón se paró por unos instantes. Luego mi mente. Pero antes de extinguirme del todo quedaba dentro una misteriosa llama que poco a poco me volvió a la vida.
Entonces supe que la muerte no duele, es tan solo descanso de esta vida tan cruel. Y al volver, se dibujó en mis labios una sonrisa, porque ya nada podía importarme. De alguna manera se había desvelado parte del misterio.
No sabía entonces que aquello no era el final, era tan solo un nuevo comienzo. Era un eslabón más de una infinita cadena de acontecimientos preparados para elevar la conciencia.
No merezco tus comentarios, tan poco inteligentes y dañinos.
Tampoco merezco tus supuestas ironías.
Ya no quiero hablar contigo.
No quiero dedicar más tiempo a las cosas y a los seres que no tienen alma.
Estas palabras no van dirigidas a ese hombre anodino que no se atreve a mirarme a los ojos cuando por las forzadas circunstancias de la vida se cruza en mi camino.
Me dirijo a su yo superior que se encuentra perdido, quizás en las brumas del dolor o en los cerros de Úbeda (que nunca llegó la poesía a dejar poso en su ser).
Déjame en paz de una vez.
Yo no pude hacer otra cosa que dejar de quererte, por tantos boquetes que, con el puñal invisible de tu ignorancia, infringiste a mi pobre corazón.
Sé bien que yo hice cosas muy mal, pero después de todos estos años creo que es el momento que también salgan a la luz tus culpas.
¿De verdad no oyes los goznes de las puertas cuando se cierran?
¿Sabes? De pequeña rezaba.
Yo confieso ante dios todopoderoso de pensamiento, palabra y omisión.
Sólo que cuando se reza se repiten cosas de memoria y muchas veces uno no entiende muy bien. En realidad no se trata de entender, sino de que las palabras lleguen al lugar adecuado. Yo no sabía que era eso de la omisión. No lo he sabido hasta que no lo he sentido aquella noche en que te pedía por favor ayuda, que tenía mucho miedo, que me encontraba muy mal. Lejos de ayudarme cerraste con furia la puerta tras mi cara. Nunca podré olvidarlo. Y seguramente tampoco perdonarlo.
Mientras tanto, el tempo ha pasado. Y sigues buscando matarme con las palabras cuando como un rayo me fulminaste tras una puerta hace más de seis años.
Recuerdo que después de volver a latir mi corazón y de alguna manera recomponerme, al amanecer llovía. Y pensé en la canción: y si llueve, saldremos a la lluvia. Y salí a la calle. Y todo me parecía irreal un decorado ideado con un complejo algoritmo matemático que lo relacionaba todo.
Aunque viví esa madrugada, la herida que dejó el acontecimiento en mi corazón y en mi mente nunca pudo cerrar, probablemente sólo pueda hacerlo si alguna vez lo perdono.
¡Hay tantas cosas que quiero expresar! Pero no me salen las palabras. Mi voz se quiebra quizás presa del miedo.
Yo no quiero que tu odio me empape.
No puedes imponerme tomar las decisiones cuando a ti te surgen las necesidades. No puedes imponerme nada.
Tienes la desfachatez de decir que hacerme favores a la vez que te burlas de mi y difamas.
¡Bah! Me aburro. Me aburres.
Sólo quiero que me dejes en paz.
Empezaba diciendo que el tiempo que me ha sido asignado no te pertenece y, sin embargo, estoy dedicándote ya demasiado tiempo.
Digo que el tiempo no me pertenece. Así es. Es un regalo de la vida.
Como esta voz.
O como su sonrisa.

