miércoles, 3 de junio de 2015

Santa Bárbara

Supongo que habrá pocas personas en el mundo que hayan visto caer un rayo a su lado y que ha vivido para contarlo. Mi madre es una de esas personas.

Así es que cada vez que intuía en el cielo una poderosa tormenta, miraba con temor a nosotros sus hijos, nos reunía a los cinco y nos metíamos los seis en la cama a esperar que pasase.

Eso sí:  antes siempre hacía el mismo ritual. Cogía unas ramitas de olivo del Domingo de Pascua. Y se las ofrecía a Santa Bárbara (de la que no me acuerdo nada más que cuando truena). 

A veces, yo las lanzaba hacia el cielo. Me figuraba que la santa bajaría a recogerlas y así podría verlas. Nunca ocurrió, Más no por ello dejé nunca de hacerlo, siendo niña.
Sé que todos ansiábamos ese momento.
Es de los pocos que teníamos de intimidad con mi madre. Y en el que había cariño, abrazos y misterio.


Cada vez que huele a tormenta, me da un vuelco el corazón. Pero no de ese miedo que sentía mi madre y por el que nos protegía. Es el recuerdo de la emoción de los momentos en que sentí intensamente a mi madre.

Espacios comunes (I)



Filología

En el tercero

Con la torrá que está cayendo, yo me he puesto a buen recaudo.

La que en otra hora fuera princesa de Escandinavia, se ha metido en el cajón tercero del congelador.

No frost.

Me mantengo fresca, tersa, acompañada (al lado de la bolsa de guisantes y la de ensaladilla rusa). 
Calla, que sólo de pensarlo da gloria.


Además, estoy alcanzando la verdadera felicidad: a la hora de la siesta mi nevera me cuenta un cuento. O dos. O tres. Depende. No hay fin. ¿O sí?

Multiplicar

Te despiertas con la imagen de un lápiz escolar en sus últimas.
A escala 10:1.
Es de color blanco y sobre su superficie se desarrollan impresas los restos de las tablas del nueve y del diez.
No sabes exactamente lo que ves ese momento. Ni porque te despiertas con esa fotografía.
Y a continuación la sádica.
No recuerdo nada más que sus ojos de pájaro avieso, sombreados de un verde inexistente. En un eterno tic nervioso.
Sobre sus piernas, Marisol, boca abajo. Y los azotes. Y las lágrimas. Y los regalos de los padres para que dejasen de maltratar a sus hijas.

Íbamos a aprehender. No a por el miedo.


martes, 2 de junio de 2015

AmA

Esperar. Parecía la función que más había experimentado en la vida.
Esperar. En esa vaga sensación de que algo estaba ahí, afuera, ajeno.
E iba a suceder de manera extraordinaria.

Todos esos momentos entre trenes que no llevaron a ninguna parte.
En volandas de férreos surcos de ondulado movimiento.

Hasta que tomas ese último tren en el que la casilla del destino está vacía.
Llegas a ese instante último en el que tu mente deja de hacer recorridos imaginarios.
Vuelves al origen.
A tu Ciudad Real.

Existe lo extraordinario.
Es de una hermosura máxima.
Te acoge entre sus brazos sin que tú seas siquiera consciente de ello.
Y con el calor de su pecho, deshiela el centro de tu ser.
Sintiendo contigo todo ese dolor...
Con su aliento logra hacerte respirar de nuevo.

Y, entonces, con su amorosa ayuda, te hace volver la mirada hacia lo que eres.
En un instante en el que encaja todo el mapa de tu existencia.

Habrá más trenes en el segundero del reloj.
Y así, poco a poco, juntos, construiremos un castillo.


Cobalto

De dónde vienen los versos
que van a dar a la mar,
lo encrespado de sus olas,
su latir, su caminar.

lunes, 1 de junio de 2015

Trigo



Suave tintineo de espiga dorada,
que se mece al son del viento.

Ya huele a pan recién horneado
En el hogar que en mi cuerpo enciendes.