Dicen algunos de mis allegados que deje de escribir, pensando quizás que estos breves escritos son la causa de mis males.
Lo que ellos no saben es la gran tristeza que siento los días en que no me fluyen las palabras y que, al contrario de sus suposiciones, me hace mucho bien escribir, pues ordena mi mente y mi tiempo.
Cuanto más pienso, más bloqueada me siento, pero confío en que se pasará. Y se pasa.
Cuando el miedo a no ser capaz entra en escena, la inspiración se difumina o se va para otro lado.
El fantasma de mi soledad se va de viaje cada vez que mis manos transforman en palabras algunas cosas que siento dentro.
Llevo muchas semanas sin apenas poder expresar y sentir emociones, resultado de una medicación que me aturde y dispersa.
El otro día, hablaba con mi hijo y al contarme él que estaba con su familia paterna, con esas personas con las que tantas cosas hemos compartido y que han decidido salir de mi vida, se rompió el hechizo de la química y empezaron a brotar en mis ojos las lágrimas de nuevo.
Sentí que allí donde hubo amor lo sigue habiendo.
El corazón no sabe lo que es el olvido y eso no lo cambia ningún juicio, ninguna exclusión, nada, creo.
Lo que se percibe diferente es la medida del tiempo psicológico que necesariamente se ha de ir reajustando a todos los cambios que se experimentan.
No es el deseo el que hace eterno lo que dura un instante. Es eterno el amor que lo genera y que con sus dedos invisibles teje la trama de los más hermosos instantes.
Desde este pequeño rincón, lejos de dejar de escribir, invito a mis allegados a que escriban, que es como asomarte un poquito al interior de las almas.
Yo lo seguiré haciendo, mientras me broten las palabras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario