A veces nos sentimos marionetas en manos de un dios loco.
Y sin embargo, muy en el fondo, apenas intuimos que somos co-creadores de la realidad.
A veces nos sentimos marionetas en manos de un dios loco.
Y sin embargo, muy en el fondo, apenas intuimos que somos co-creadores de la realidad.
La daga invisible del tiempo rasga el precioso cielo de otoño y acontece en él, el ocaso, pleno de jirones de belleza.
Y no se detiene en su la creación de su obra ni tan siquiera un instante.No suele ocurrir muy a menudo por estos lares, pero estos días ocurre que llueve.
Hoy, la suave caricia de la llovizna va desperezando poco a poco mis resecos sentidos.
Me gusta caminar al amparo de la luz difusa que propician los miliares de gotas, mientras limpian todas las superficies y formas de materia que encuentran en su camino y despejan como nada las incógnitas de mi mente.
Echaba de menos la humedad sin frio que genera esta lluvia casi estival.
Y como llueve, quizás de manera inconsciente, me gusta salir a la lluvia y comprobar como esa brizna tardía de naciente esperanza crece y se reverdece un poquito más a cada instante.
Y llega la noche tranquila. Esta profunda noche de luna de ensueño.
Y, a veces, me aferro a ella con la añoranza del descanso. Deseando que mi mente y mi cuerpo encuentren un bendito instante de paz. De motivo en blanco, sobre fondo en blanco. Pensando que, quizás, el nuevo día que se gesta en la oscuridad, llegará anunciando alguna buena nueva.