sábado, 4 de septiembre de 2021

La felicidad son como chispitas de fuego efímeras, de un ser divino dentro de un ser mortal.

 Claro que hubo felicidad. Hubo mucha, hasta flotar a veces, en una nube de perfecto amor.

Hubo un tiempo feliz en que me refugiaba de mis miedos dentro de su cuerpo. Y se hacía la luz, cada vez más dulce , en cada uno de nuestros encuentros. Sin apenas palabras, sólo piel, sentir y sexo.

Me enamoraba poco a poco del vaivén de sus caderas desnudas. Las sentía como olas en aguas bravas. Otras veces como mar en calma.

A medida que aumentaba la frecuencia de nuestras citas, cuando dejaron de ser algo más o menos casual, comprendía que iba a perder un excelente amante para ganar un novio más o menos formal.

Al entenderlo sentí algo así como pena, pues la relación de noviazgo la asociaba yo como que estaría condenada a la rutina y a la larga al aburrimiento. No sé. Estaba descubriendo mi cuerpo a través de su cuerpo y sentía no necesitar nada más.

Pues sí, algo que terminó tan feo y con tanto dolor, había comenzado muy bonito. Y cuando se limpian los recuerdos de rencor, salen a relucir mágicos momentos, de esos que decimos que nos vamos a llevar por delante cuando nos muramos; en realidad, o más bien debiéramos decir que son esos recuerdos los que nos mantienen más o menos cuerdos en vida. Pues sí, porque las ganas de vivir y la alegría a veces desparecen. Y después, para volver, cualquier ayuda es poca, pero la ayuda fundamental es la interior, la que nos damos nosotros mismos. Después de mucha terapia, después de mucho hablar para analizar porque estamos así y no de otra manera, florecen algunos indicios que parecen indicar que te has vuelto a enganchar a la vida. Te vuelves a subir a la rueda y que sea lo que dios quiera.

Cuando se rompe un corazón por tantos lados es inevitable que se desajusten también los engranajes del alma. Es duro aceptarlo, pero algunos pedazos de corazón se ven tan afectados que los perdemos para siempre, pero seguimos adelante (cuando por fin podemos seguir) con la sensación de vivir mil vidas en un único cuerpo.

En algunas miradas, se puede vivir el mar. En otras obscuras, sentir la sensación cálida del suave terciopelo. Cada mirada transmite un mundo interior teñido con los suaves matices que el cuerpo otorga.

Y poco más se me ocurre por ahora, por aquí sacando a flote de mi mente todo lo que necesito para elevarme un poco de mi condición de mortal.














miércoles, 1 de septiembre de 2021

Cosas que se piensan a veces

 Quizás hay cosas que no se pueden olvidar, que no se olvidan. Son cosas que no se tienen presente. 

Por eso sobrevivimos al desastre, a los insultos,  a las mil y una omisiones. Sobrevivimos al dolor. A la infinita tristeza.

Sin saber cómo ni por qué, recuperamos la alegría de vivir, la concentración y la entrega en la lectura. Volvemos a escuchar con atención suma, viendo más allá de los gestos y de la piel.

Volvemos a callar. A emplear solo las palabras justas y necesarias. Limpiando un karma que se agotó en el exceso.

Un día quise ser mejor por ti. Y ahora que no estás y probablemente nunca más estés, seré. Seré  sin que sepas de mi. Sin que yo sepa de ti. Pero ya no me duele ese nunca más que es el vértigo de las palabras.

Muchas veces soñaba despierta en otra vida. Tanto me gustaba ese sueño inventado que quise poder hacerlo realidad. Pensé lo impensable, una nueva vida. Sin dolor de corazón, sin mentiras y sin lastres.

En el momento que fui consciente que ese sueño era posible, entendí que aborrecía mi realidad y ya no hubo marcha atrás, todo cambió. 

Mi ahora no es mi sueño, es otro sueño que estaba escondido en mi subconsciente, en el que hube de perderlo todo para empezar de cero.

Aunque nunca hay un cero absoluto, quizás empezase desde 0, 25 de regalo. 

La vida sin ti

 Quiero terminar con el absurdo pensamiento de que los aconteceres y las cosas, sin él, dejaron de tener sustancia y  sentido.

Qué veloz se ha hecho el tiempo tras su ausencia. Pienso en cifras, nueve años (por ejemplo) y siento el vértigo que transmite aquello que se extingue de manera meteórica.

Me parece, que sin sentir  amor, todo en mi se marchita.

Cuantas veces he acudido a este espacio virtual para convertir en palabra más o menos acertadas su recuerdo. Cuantas veces me ha servido para abstraerme de la pesada carga que porto en esta vida.

Cómo es posible que unos instantes de gracia, guardados con celo en mi pecho, sirven para recorrer por entero un abismo y contemplar desde lo más hondo  reverdecer la esperanza. 

Puede que tal vez la felicidad sean esas cosquillas en el alma que nos hace sentir el ser amado y que en tanto que sentidas y guardadas en tan precioso lugar, permanecen ahí para siempre. La felicidad es algo así como la toma de corriente que nos conecta con el mundo de lo eterno.

Sin memoria de recuerdos felices no somos nada. Somos un tránsito oscuro al que le es casi imposible esbozar una sonrisa.

¿Sabes cómo es mi vida sin ti?

Pues mi vida sin ti es ordenada e insulsa. Apenas me reconozco, puede que sea debido a que hace tiempo que renuncié a mirarme en los espejos. 

Mi vida sin ti dejó de ser hoguera para convertirse en sutil llama.

Mi vida sin ti es un transitar entre diferentes estratos de la existencia sin encontrar jamás ese mar inquieto y misterioso que se esconde dentro de tu mirada.

Mi vida sin ti ha sido una gran renuncia a poder construir una nueva vida, otra vida. No la de ahora, que si que es diferente a la de hace unos años, sino esa otra que hace sentir las entrañas llenas de emociones y recorrer universos tan sólo con un beso.

Quiero terminar con el absurdo pensamiento de que los aconteceres y las cosas, sin ti, dejaron de tener sustancia y  sentido.

He de volver a recrear el mundo de los sueños y dejar que vuele el alma.

Casi que es lo único que me queda.











viernes, 23 de julio de 2021

 De qué me sirve sentir tu cuerpo, si abandonaste mi alma.




 Te recuerdo como la luz de una estrella que se extingue poco a poco, pero que nunca se apaga dentro de mi alma.




 Voy a fijarme sólo en las cosas que se ven porque de verdad se sienten.




Cosas que veo porque se sienten

 Llega un momento en la vida en que ves las cosas como las ves, sin el filtrado del autoengaño. No es que las veas con una claridad prístina, pero si mucho más allá de los ojos y de los sentidos,  desde un lugar indeterminado de los adentros, que se encoge de asustado ante lo evidente. La mente abierta no lo niega, ni lo juzga, acompaña en el sentimiento, más bien lo deja fluir. El sentimiento es una mezcla de sensación de nausea y tristeza. 

Lo que veo estos días, es a una mujer, la mujer que más quiero: mi madre, que se está cansando o está ya muy cansada de luchar. Al estar con ella, lo que me transmite es una gran angustia e impotencia porque noto perfectamente como se escapa hacia ese invisible punto de fuga al que todos nos dirigimos sin retorno posible.

Su rostro al vernos, no manifiesta el menor atisbo de alegría o de reconocernos. Se ha tornado en un gesto duro de cansancio. Y se duerme, como si el sueño fuese el único consuelo que nos queda. 

Me dicen que puede que esté así por el calor, o porque no duerme bien o nada por las noches. Algo en mi interior me dice que es por algo que va más allá de todo esto. Y, a estas alturas, me creo.

Cómo saber lo que le ocurre realmente, si no puede hablarnos y no sabemos realmente cuanto abarca su entendimiento de las cosas.

El sueño, el a veces tan dichoso sueño, me arrebata su presencia, tomo su mano y la acompaño un rato mientras duerme. No me sale de dentro cantar canciones, ni contarle historias, ni decirle que todo va a ir bien. Impotencia. Me resigno y me siento impotente.

Necesito sacar todas estas sensaciones tan malas fuera de mi. Y cómo olvidarlas por un instante, si vivo en su casa y todo está impregnado de su esencia.

Necesito salir, gritar al universo entero que hay cosas que no debieran ver nuestros ojos, porque, a veces, son como un doloroso taladro que atraviesa el cuerpo hasta llegar dolorosamente al alma. 

Hay quienes dicen que estamos aquí, en este mundo, para aprender de toda experiencia que nos sucede.

La experiencia del dolor, me pregunto, ¿también hay que aprenderla? ¿Cuántas veces son suficientes?


Estoy triste. No me gusta el calor del verano, porque todo se hace denso como el mercurio.

Y cualquier actividad cotidiana se convierte en una auténtica odisea.

Estoy triste porque no puedo vivir tranquila con el dolor de ver a mi madre mal. 

No quiero vivir sólo de recuerdos.



Me perdí en el bosque, y tras mucho tiempo perdida, regresé conociendo cada uno de los secretos de su fronda y sabiendo que siempre hay otros bosques donde perderse, pero también laberintos donde encontrarse.


Y aquí espero, porque todavía siento algo de esperanza.