jueves, 7 de enero de 2021

El temporal (I)

 Todo parece que se detiene cuando se hace demasiado densa su ausencia.

El ansia de volver a verlo hace que se paralice mi mundo.

Y el tiempo se me escapa como arena que se desliza entre las manos.

Más no quiero que este bucle de ausencia - inactividad se repita una y otra vez.

Por eso vuelvo a mi sagrado refugio.

Fuera, la nieve, por su excepcionalidad en estos lugares, se convierte en la protagonista de la jornada.

Dentro, la soledad me abruma. Gracias a la compañía de Fénix (la gata), no se me hiela del todo el alma.

No se porqué dejo el tiempo pasar, este tiempo que no nos pertenece, pero que parece pedirme a gritos que lo llene de contenido.

He de volver al papel grueso, a los lápices y a los brillantes colores de la acuarela.

Cuando estoy así, no me veo, sólo veo una faceta mía que detesto, esa que rehúye de hacer cosas.


Suenan las seis de la tarde en el reloj del ayuntamiento, tres minutos antes de que sean las seis en el resto de los relojes.

Una de las cosas que más me gusta  es ver como se van llenando de contenido los espacios en blanco, ya sean estos el virtual folio del PC, la hoja A4, o el grueso papel de acuarela, al que me refería antes.

Yo tengo un sueño, que apenas si puedo esbozar cuando me acuesto por las noches, porque me duermo al poco de empezar a imaginarlo. Yo creo que me duermo porque siempre empiezo por el final y mi mente perezosa evita encontrar la trama que es el que sería su principio. 

Pero sé una cosa de este sueño que nunca supe de ningún otro sueño y es que con orden, trabajo amoroso y algo de suerte, podría convertirse en realidad. 

No es algo que le haya pedido al año nuevo, porque entre otras cosas hace muchos años que no le pido nada ni al año, ni a las velas de cumpleaños. 

Se bien que el sueño se me pierde en la inactividad y modorra del pensamiento. 

Me cuesta aceptar que las personas no son las que le dan sentido a esta extraña cosa que es la existencia. Las personas que nos acompañan en el camino, las personas que queremos, son siempre un gran impulso vital, pero el motor que lleva a la acción se encuentra dentro de uno mismo y  no acontece de repente en una larga espera.

Anochece. Miro la calle a través de una rendija de las cortinas que dejan ver un trozo de cielo y parte de las casas de la calle.

Caigo en la cuenta que hace siglos que no leo un libro. Ya va siendo hora que compruebe el estado en el que se encuentra mi mente. En realidad queda mucho por hacer. Pero creo que ya es hora de hacer sólo aquello que sea realmente necesario.

Ahora, necesito poner un poco de orden en la casa y luego sigo.

A ver si me pilla la inspiración trabajando.










miércoles, 30 de diciembre de 2020

Exorcizando

El tiempo que me ha sido asignado no te pertenece. Tampoco le pertenece a mi hijo. Ni siquiera me pertenece a mi.

Estoy intentando sobreponerme a mis miedos porque ya no puedo más. Siento tu odio hacia mi como un animal hambriento, insaciable. También, veo tu odio como una lente deforme que crea monstruos imposibles allá donde sólo hay una voz humana.

Nunca pensé que transitarías territorios pantanosos llenos de cadáveres antes que tender puentes hacia la cordura.

Deberías sentir tormento cada vez que cierras una puerta, que el sonido de cada uno de sus goznes te recordara aquella fatídica vez que me cerraste la puerta y me abandonaste a la enfermedad y la muerte. 

Mi corazón se paró por unos instantes. Luego mi mente. Pero antes de extinguirme del todo quedaba dentro una misteriosa llama que poco a poco me volvió a la vida. 

Entonces supe que la muerte no duele, es tan solo descanso de esta vida tan cruel.  Y al volver, se dibujó en mis labios una sonrisa, porque ya nada podía importarme. De alguna manera se había desvelado parte del misterio.

No sabía entonces que aquello no era el final, era tan solo un nuevo comienzo. Era un eslabón más de una infinita cadena de acontecimientos preparados para elevar la conciencia.

No merezco tus comentarios, tan poco inteligentes y dañinos. 

Tampoco merezco tus supuestas ironías.

Ya no quiero hablar contigo.  

No quiero dedicar más tiempo a las cosas y a los seres que no tienen alma.

Estas palabras no van dirigidas a ese hombre anodino que no se atreve a mirarme a los ojos cuando por las forzadas circunstancias de la vida se cruza en mi camino.

Me dirijo a su yo superior que se encuentra perdido, quizás en las brumas del dolor o en los cerros de Úbeda (que nunca llegó la poesía a dejar poso en su ser).

Déjame en paz de una vez. 

Yo no pude hacer otra cosa  que dejar de quererte, por tantos boquetes que, con el puñal invisible de tu ignorancia, infringiste a mi pobre corazón. 

Sé bien que yo hice cosas muy mal, pero después de todos estos años creo que es el momento que también salgan a la luz tus culpas.

¿De verdad no oyes los goznes de las puertas cuando se cierran?

¿Sabes? De pequeña rezaba. 

Yo confieso ante dios todopoderoso de pensamiento, palabra y omisión. 

Sólo que cuando se reza se repiten cosas de memoria y muchas veces uno no entiende muy bien. En realidad no se trata de entender, sino de que las palabras lleguen al lugar adecuado. Yo no sabía que era eso de la omisión. No lo he sabido hasta que no lo he sentido aquella noche en que te pedía por favor ayuda, que tenía mucho miedo, que me encontraba muy mal. Lejos de ayudarme cerraste con furia la puerta tras mi cara. Nunca podré olvidarlo. Y seguramente tampoco perdonarlo.

Mientras tanto, el tempo ha pasado. Y sigues buscando matarme con las palabras cuando como un rayo me fulminaste tras una puerta hace más de seis años.

Recuerdo que después de volver a latir mi corazón y de alguna manera recomponerme, al amanecer llovía. Y pensé en la canción: y si llueve, saldremos a la lluvia. Y salí a la calle. Y todo me parecía irreal un decorado ideado con un complejo algoritmo matemático que lo relacionaba todo.

Aunque viví esa madrugada, la herida que dejó el acontecimiento en mi corazón y en mi mente nunca pudo cerrar, probablemente sólo pueda hacerlo si alguna vez lo perdono. 

¡Hay tantas cosas que quiero expresar! Pero no me salen las palabras. Mi voz se quiebra quizás presa del miedo.

Yo no quiero que tu odio me empape.

No puedes imponerme tomar las decisiones cuando a ti te surgen las necesidades. No puedes imponerme nada.

Tienes la desfachatez de decir que hacerme favores a la vez que te burlas de mi y difamas.

¡Bah! Me aburro. Me aburres.

Sólo quiero que me dejes en paz. 

Empezaba diciendo que el tiempo que me ha sido asignado no te pertenece y, sin embargo, estoy dedicándote ya demasiado tiempo. 

Digo que el tiempo no me pertenece. Así es. Es un regalo de la vida. 

Como esta voz. 


O como su sonrisa.





 

 




Ojos de mirada perdida,  reflejo de un alma que dejó de recibir su alimento.

 Hacer lo que amas, como única vía para que se derrame en aquello que construyes, un poquito de tu alma.

Volver un poquito

 Una vez más, me paralizan el miedo y la angustia.

Una vez más, necesito aferrarme por un momento a algo de la materia para poder salir de esta parálisis.

Me digo a mi misma que todas esas ideas y cosas que, con afán suicida, construye mi mente  no han sucedido y lo más probable es que no sucedan nunca. Al menos como en este ahora las pienso.

Una vez más, acuden a mi mente nuevas palabras que pugnan por salir para reconciliarme con el momento.

En mi bloqueo, intento hablar con alguien, pero compruebo que no es mi momento, a quien acudo parece ocupado en otros menesteres que no me incluyen a mi.

Si pudiera llorar todo lo que siento, dejaría todo un mundo mojado de sentimientos.

Me cuesta tanto trabajo llorar que a veces me planteo que pudiera parecer una fría máquina vivivente.

Vuelvo a mirar ese bloc de notas virtual, tan vacío ahora de sensaciones y de sentimientos.

Necesito reconciliarme conmigo misma en forma de hacer algo que me gusta y que me abstrae hasta olvidarme de todo lo cotidiano.

Necesito escribir. Por eso he vuelto. 

Acaricio las teclas de las letras con los dedos entumecidos por el frío y la poca práctica.

Y vuelvo a ver esa infinitésima fracción de mi que me reconforta un poquito. 

Y no conozco la fórmula para que se vacíe en lo que escribo, a veces, un poquito de mi alma.









Pasaba la vida temiendo perder aquello que nunca tuve.




 

Ojalá que el miedo nunca esté presente en tu silencio.