Dormiré.
Los espacios vacíos de aquellas que fueron largas noches de insomnio.
Despertar.
Es en mi tu navegar por las hechuras de mi vientre.
Laborar.
Moldear con las manos a la noble materia que compone los sueños.
lunes, 2 de noviembre de 2015
domingo, 1 de noviembre de 2015
Volver
El corazón se paró una vez, otra vez y otra vez más...hasta traspasar el límite que conduce más allá del dolor.
Mientras, la mente recorría años luz de todo lo que era posible.
Después, todo se detuvo.
Ya no había más miedo. Ni más dolor. Ni ningún pensamiento.
Sólo paz. Unos labios, esbozando una sonrisa.
Cuando parecía que todo había terminado, nació una leve sístole, a la que siguió una diástole, ua vez, otra vez y una vez más ...
Comenzaba a llover.
Salí a la lluvia. De nuevo.
Mientras, la mente recorría años luz de todo lo que era posible.
Después, todo se detuvo.
Ya no había más miedo. Ni más dolor. Ni ningún pensamiento.
Sólo paz. Unos labios, esbozando una sonrisa.
Cuando parecía que todo había terminado, nació una leve sístole, a la que siguió una diástole, ua vez, otra vez y una vez más ...
Comenzaba a llover.
Salí a la lluvia. De nuevo.
A veces, la fealdad nos sitia
La fealdad empieza a hacerse sitio cuando el hombre deja de crear.
Construye cosas mal hechas, vacías de significado.
Entonces, no hay conexión con la verdadera esencia de la tierra.
Aparece el horror.
Y nada es como tiene que ser.
Construye cosas mal hechas, vacías de significado.
Entonces, no hay conexión con la verdadera esencia de la tierra.
Aparece el horror.
Y nada es como tiene que ser.
De dedicatorias
¿No puedes curar una mente enferma, arrancar de su memoria una pena arraigada, borrar las angustias grabadas en el cerebro y, con algún dulce antídoto de olvido, limpiar el pecho oprimido de las materias peligrosas que pesan sobre el corazón?".
Extraído de "Macbeth", de William Shakespeare.
Dice mi hermana que ayer leyó esto y le recordó a mi.
Cuando me lo ha enseñado, no he entendido muy bien porque me decía esto.
No se trata de entender nada. Ella, mi hermana, mi madre, sabe que todavía queda en mi un no sé qué de tristeza.
Ni yo misma sé si llegará a desaparecer del todo.
Nunca lo había sentido así, pero ella es la verdadera alma de la familia. Ve siempre más allá de todas las superficies.
Con ella hago muchos de los paseos al cementerio, cuando no hay nadie, ni flores, solo vamos a ver los gatitos y los pobres pájaros que tiene encerrados el enterrador.
Y compartimos nuestra decepción de este invento de vida con los que ya no pueden decepcionarnos.
No he leído Macbeth. Puede ser una buena oportunidad para hacerlo.
Mientras no arrecien las nieblas y los hielos, seguiremos yendo, por el camino de la Puebla, al cementerio.
Uno de noviembre
Tanto el camino de ida y de vuelta fue un repetitivo lanzar de peonza.
Un desleído recuerdo de color gris. Resignado anhelo de conseguir la danza de punta metálica, arañando el suelo terroso, en su giro.
Pensaba que era demasiado grande, para mis manos.
Sólo al llegar a casa, conseguí hacerla girar.
Después, abstraída en mi contento, el ritual de quitarse toda la ropa y echarla a lavar.
Para mi madre, ir al cementerio, era como ir a un sitio en el que el solo contacto de su aire fuese a transmitirte una peligrosa enfermedad.
Era, quizás, su manera de exteriorizar su aversión a la muerte. Incluso más allá de eso, su asco físico.
Nunca lo entendí.
Ahora, como aquellos primeros de noviembre, aun huele a campo. A la lumbre de las primeras chimeneas en las que arde la leña. A las castañas asadas del Curro.
En este día, en el camposanto, huele a los miles de flores que salpican las relucientes losas. Nacieron y crecieron en su belleza plena, sin ser conscientes de su azaroso destino. Completan su ciclo en el ritual del "no te olvido". Aunque, la realidad, es que parece que sólo se dispone de un día para "de ti acordarme".
Cierras los ojos y aspiras profundamente. El olor a azucenas y lirios es tan fuerte que puedes llegar a desmayarte.
En los últimos meses, voy mucho a pasear al cementerio.
Su sobriedad espacial y los hermosos cipreses, encalados en su base, me gustan mucho. El camino, el bordear las fosas, el silencio entorpecido por el trinar de los pájaros, todo ello, me proporciona serenidad.
Hay una gran familia de gatitos que vive allí. Se están haciendo mayores, por momentos. Cada vez que los veo saltar entre las tumbas, me tienta llevarme alguno a casa. Después, a la hora de la verdad, me arrepiento. Pienso que están mejor así, libres encendiendo briznas de vida entre tanta podredumbre.
Éramos niños. Y al llegar a casa, nos cambiábamos de ropa y, después, le pedíamos a nuestra hermana que nos leyese alguna leyenda de Bécquer. No había que insistir demasiado. Nos metíamos los cinco hermanos en una cama. La cubríamos por encima (uniendo los pies con la cabecera) con sábanas y mantas, para crear nuestro ámbito. A la luz de una vieja linterna y bajo todo ese amasijo de ropa, escuchábamos totalmente sugestinados, la terrorífica leyenda.
Y surgía la emoción. El miedo a los espíritus y las almas en pena o vagabundas. A aquello que, inexplicablemente, permanece.
Un desleído recuerdo de color gris. Resignado anhelo de conseguir la danza de punta metálica, arañando el suelo terroso, en su giro.
Pensaba que era demasiado grande, para mis manos.
Sólo al llegar a casa, conseguí hacerla girar.
Después, abstraída en mi contento, el ritual de quitarse toda la ropa y echarla a lavar.
Para mi madre, ir al cementerio, era como ir a un sitio en el que el solo contacto de su aire fuese a transmitirte una peligrosa enfermedad.
Era, quizás, su manera de exteriorizar su aversión a la muerte. Incluso más allá de eso, su asco físico.
Nunca lo entendí.
Ahora, como aquellos primeros de noviembre, aun huele a campo. A la lumbre de las primeras chimeneas en las que arde la leña. A las castañas asadas del Curro.
En este día, en el camposanto, huele a los miles de flores que salpican las relucientes losas. Nacieron y crecieron en su belleza plena, sin ser conscientes de su azaroso destino. Completan su ciclo en el ritual del "no te olvido". Aunque, la realidad, es que parece que sólo se dispone de un día para "de ti acordarme".
Cierras los ojos y aspiras profundamente. El olor a azucenas y lirios es tan fuerte que puedes llegar a desmayarte.
En los últimos meses, voy mucho a pasear al cementerio.
Su sobriedad espacial y los hermosos cipreses, encalados en su base, me gustan mucho. El camino, el bordear las fosas, el silencio entorpecido por el trinar de los pájaros, todo ello, me proporciona serenidad.
Hay una gran familia de gatitos que vive allí. Se están haciendo mayores, por momentos. Cada vez que los veo saltar entre las tumbas, me tienta llevarme alguno a casa. Después, a la hora de la verdad, me arrepiento. Pienso que están mejor así, libres encendiendo briznas de vida entre tanta podredumbre.
Éramos niños. Y al llegar a casa, nos cambiábamos de ropa y, después, le pedíamos a nuestra hermana que nos leyese alguna leyenda de Bécquer. No había que insistir demasiado. Nos metíamos los cinco hermanos en una cama. La cubríamos por encima (uniendo los pies con la cabecera) con sábanas y mantas, para crear nuestro ámbito. A la luz de una vieja linterna y bajo todo ese amasijo de ropa, escuchábamos totalmente sugestinados, la terrorífica leyenda.
Y surgía la emoción. El miedo a los espíritus y las almas en pena o vagabundas. A aquello que, inexplicablemente, permanece.
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