jueves, 3 de noviembre de 2016
Pequeño universo
Esta manzana es un pequeño universo por sí mismo, cuyas semillas, más calientes que las otras partes, difunden en torno suyo el calor conservador de su globo, y ese germen, de acuerdo con esta opinión es el pequeño sol de ese pequeño mundo, que calienta y nutre la sal vegetativa de esa pequeña masa.
Cyrano de Bergerac
miércoles, 2 de noviembre de 2016
En paz me siento y me consiento
¡Qué bien se está en cualquier parte si por dentro hay paz!
Es lo que queda después de muchas batallas perdidas. Paz y cansancio. Cansancio del alma.
Sí: el alma también se cansa, aunque no eternamente.
Lo mejor de estar en paz es que si te mueres te lo llevas todo por delante. Y es una ventaja porque así no tienes que volver por nada.
En paz sientes unidad. Se unifica la percepción ilusoria de ser fragmentario.
Quizás sería más propio decir que "se es" en paz. Y no que "se está".
En paz estoy leyendo.
¡Qué bonito se lee a quien fluye dentro de las palabras!
Ese instante de dicha divina. Creamos y recreamos. Al escribir. Al leer. Sin objetivo. El desahogo de ser.
Mi alma se esponja y crece, que de crecer no se cansa.
Se expande con los instantes en los que es amor y belleza.
Quizás, éstos son sólo los aspectos de una única cosa. Se alcanzan con la verdad. Ese saber sin intermediario que es. Un fogonazo. Sin atender a razones. Atenta mente.
Estás tan presente en mi existencia, amor, que podría decirse (y escribirse, claro) que conformas el ADN de cada una de mis células.
Cuando no puedo tocarte, miro mis manos, sus huellas. Ahí, dentro te encuentro. En sus profundas crestas siento las olas del mar profundo que habita tu ser.
Entonces, sé, que puedo ser cualquier cosa, transformarme en cualquier elemento.
Siento emanar felicidad al evocar tus besos.
Sólo tengo una certeza en esta vida. En las huellas de mi mano se encuentran las de las tuyas. Son huellas que componen universos, que a cada momento se desvelan y descubren, con un toque de gracia de la punta de los dedos.
Es lo que queda después de muchas batallas perdidas. Paz y cansancio. Cansancio del alma.
Sí: el alma también se cansa, aunque no eternamente.
Lo mejor de estar en paz es que si te mueres te lo llevas todo por delante. Y es una ventaja porque así no tienes que volver por nada.
En paz sientes unidad. Se unifica la percepción ilusoria de ser fragmentario.
Quizás sería más propio decir que "se es" en paz. Y no que "se está".
En paz estoy leyendo.
¡Qué bonito se lee a quien fluye dentro de las palabras!
Ese instante de dicha divina. Creamos y recreamos. Al escribir. Al leer. Sin objetivo. El desahogo de ser.
Mi alma se esponja y crece, que de crecer no se cansa.
Se expande con los instantes en los que es amor y belleza.
Quizás, éstos son sólo los aspectos de una única cosa. Se alcanzan con la verdad. Ese saber sin intermediario que es. Un fogonazo. Sin atender a razones. Atenta mente.
Estás tan presente en mi existencia, amor, que podría decirse (y escribirse, claro) que conformas el ADN de cada una de mis células.
Cuando no puedo tocarte, miro mis manos, sus huellas. Ahí, dentro te encuentro. En sus profundas crestas siento las olas del mar profundo que habita tu ser.
Entonces, sé, que puedo ser cualquier cosa, transformarme en cualquier elemento.
Siento emanar felicidad al evocar tus besos.
Sólo tengo una certeza en esta vida. En las huellas de mi mano se encuentran las de las tuyas. Son huellas que componen universos, que a cada momento se desvelan y descubren, con un toque de gracia de la punta de los dedos.
La sombra del ciprés
Si miras bien, los frutos del ciprés parecen calaveritas.
Algo así decía la voz de uno de los personajes de una novela de Delibes.
Emerge la fronda áspera de los cipreses sobre las líneas encaladas de los muros del cementerio.
Semejan agujas punzando el cielo. Delgados brotes en la nada de la meseta desnuda.
Alguien, elucubraba una mañana, sobre la posible función de los cipreses dentro del camposanto.
Yo dibujaba y escuchaba.
Otro alguien, decía, que estaban ahí porque los frutos del ciprés se usaban a modo de rodamientos para mejor deslizar los féretros en los nichos.
La imagen me produjo risa.
¡Maldito empeño humano de buscarle a todo una función!
Ni siquiera lo que comemos se limita a lo funcional. Y pese a todo un movimiento postulando lo contrario, la función nunca hizo la forma.
El hecho es que esa entretenida mañana laboral, nadie parecía tener una respuesta convincente al porqué los cipreses se sembraban y crecían en los cementerios.
Yo, tampoco.
Pero había algo que me parecía tan obvio.
No me contuve y me sumé a la charla.
Les dije que los cipreses habitan los cementerios porque es insoportable tanta horizontalidad, ésa que ahí se explaya en el recinto dedicado a los muertos.
Entonces, sólo hubo silencio.
Y se pasó a otra cosa.
Los cipreses son líneas verticales vivientes en conexión directa con el cielo. Su presencia es un mero contrapunto a la horizontalidad de la muerte.
Eso pensaba en ese silencio.
Me gusta esa explicación: me quedo con ella, contestó al largo rato un compañero.
- Toda tuya, si quieres, le contesté.
El ciprés es sólo un símbolo que representa la postura erguida del hombre cuando camina, puente entre la tierra y el cielo. La vida coexistiendo con los despojos yacientes de esos otros que también fueron hombres.
En muchos lugares, junto con los cipreses se plantaban almendros. El almendro es el árbol que primero florece anticipando la primavera y representa la resurrección. El hombre observa a ambos árboles: ciprés y almendro, siente a la vez que completa la naturaleza trina de la realidad.
Vida, muerte, resurrección.
La sombra del ciprés es alargada y se proyecta sobre las tumbas cercenando su percepción global. Pero las luces y las sombras sólo son aspectos de la misma cosa, matices que sirven de excusa para aprender lo que somos.
Las palabras se mezclan y combinan con los recuerdos de lo que fue, con las trazas de otras palabras que dejaron algún poso. En otro orden, con otra forma.
Dice Alfredo, en la novela de Delibes:
- Los cipreses no puedo soportarlos. Parecen espectros y esos frutos crujientes que penden de sus ramas son exactamente igual que calaveritas pequeñas, como si fuesen los cráneos de esos muñecos que se venden en los bazares.
Símbolos de símbolos cuyo significado, quizás, se llena de lo que somos.
Algo así decía la voz de uno de los personajes de una novela de Delibes.
Emerge la fronda áspera de los cipreses sobre las líneas encaladas de los muros del cementerio.
Semejan agujas punzando el cielo. Delgados brotes en la nada de la meseta desnuda.
Alguien, elucubraba una mañana, sobre la posible función de los cipreses dentro del camposanto.
Yo dibujaba y escuchaba.
Otro alguien, decía, que estaban ahí porque los frutos del ciprés se usaban a modo de rodamientos para mejor deslizar los féretros en los nichos.
La imagen me produjo risa.
¡Maldito empeño humano de buscarle a todo una función!
Ni siquiera lo que comemos se limita a lo funcional. Y pese a todo un movimiento postulando lo contrario, la función nunca hizo la forma.
El hecho es que esa entretenida mañana laboral, nadie parecía tener una respuesta convincente al porqué los cipreses se sembraban y crecían en los cementerios.
Yo, tampoco.
Pero había algo que me parecía tan obvio.
No me contuve y me sumé a la charla.
Les dije que los cipreses habitan los cementerios porque es insoportable tanta horizontalidad, ésa que ahí se explaya en el recinto dedicado a los muertos.
Entonces, sólo hubo silencio.
Y se pasó a otra cosa.
Los cipreses son líneas verticales vivientes en conexión directa con el cielo. Su presencia es un mero contrapunto a la horizontalidad de la muerte.
Eso pensaba en ese silencio.
Me gusta esa explicación: me quedo con ella, contestó al largo rato un compañero.
- Toda tuya, si quieres, le contesté.
El ciprés es sólo un símbolo que representa la postura erguida del hombre cuando camina, puente entre la tierra y el cielo. La vida coexistiendo con los despojos yacientes de esos otros que también fueron hombres.
En muchos lugares, junto con los cipreses se plantaban almendros. El almendro es el árbol que primero florece anticipando la primavera y representa la resurrección. El hombre observa a ambos árboles: ciprés y almendro, siente a la vez que completa la naturaleza trina de la realidad.
Vida, muerte, resurrección.
La sombra del ciprés es alargada y se proyecta sobre las tumbas cercenando su percepción global. Pero las luces y las sombras sólo son aspectos de la misma cosa, matices que sirven de excusa para aprender lo que somos.
Las palabras se mezclan y combinan con los recuerdos de lo que fue, con las trazas de otras palabras que dejaron algún poso. En otro orden, con otra forma.
Dice Alfredo, en la novela de Delibes:
- Los cipreses no puedo soportarlos. Parecen espectros y esos frutos crujientes que penden de sus ramas son exactamente igual que calaveritas pequeñas, como si fuesen los cráneos de esos muñecos que se venden en los bazares.
Símbolos de símbolos cuyo significado, quizás, se llena de lo que somos.
martes, 1 de noviembre de 2016
L'embrace
No se trata de creer.
Es sólo la necesidad de sentir
como el fuego que es origen
crece dentro de un abrazo.
Es sólo la necesidad de sentir
como el fuego que es origen
crece dentro de un abrazo.
Eros y Psique
Cada uno de tus besos desvela el sentido más fragante y dulce de la existencia.
El amanecer se torna contigo un sencillo acto.
Es un pasear sereno en el pretil de tu sonrisa.
En los pies
En los pies están los pasos
Que componen el ascenso
Escalando los instantes
Bien sujetos al momento.
Se descubren horizontes
Se desvanecen los miedos.
En los pies están las huellas
Que dejaste en la memoria
El reposo de los arcos
Donde se sujeta el cielo
El sentir que eres del mundo
Un universo certero.
Que componen el ascenso
Escalando los instantes
Bien sujetos al momento.
Se descubren horizontes
Se desvanecen los miedos.
En los pies están las huellas
Que dejaste en la memoria
El reposo de los arcos
Donde se sujeta el cielo
El sentir que eres del mundo
Un universo certero.
Fotografía: Marianne Breslau
Los ecos del bosque
De los caminos de savia
Ahora nacen las canciones
Lento fluir de caricias
Enredándose en tu pelo.
Juegan a besar tu rostro
E iluminan la mañana
Con tu preciosa sonrisa
Y los ojitos en llamas.
Sanchica Estrella
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