Algunos de los recuerdos más nítidos que conserva mi memoria se corresponden con mis primeros años de vida.
Busco una imagen. En ese cuadro, me percibo a mi misma inclinada. Busco, en una postura inverosímil, el espacio recortado del cielo.
Estoy en casa de mi abuela materna, en un saloncito que hay en su planta superior. Me gusta mucho porque es muy luminoso, es acogedor y los muros se encuentran horadados con misteriosos rincones donde jugar.
El suelo es muy hermoso. Se encuentra revestido con pequeños baldosines catalanes de colores y entretenidas formas geométricas.
Cuando estoy tumbada sobre ese precioso suelo, me gusta mirar al techo de la estancia. Está configurado con un entramado de vigas y yesones. Las vigas, como los frisos de los patios, están pintadas de color añil y los espacios abovedados de blanco. Me gusta hacer con los ojos como que acaricio sus curvaturas, insinuando su degradado de luz.
Si nadie me ausculta, me gusta esconderme dentro de un basar (una especie de aparador practicado en un hueco de la pared), cuyas puertas son de madera azul claro y en forma de celosía. Dentro, sorteo los cacharros y numerosos cachivaches que hay y me quedo ahí por un tiempo indeterminado, sintiéndome invisible y observando el exterior a través de sus pequeños huecos.
Me encanta asomarme hacia el interior de la pequeña chimenea cuando está apagada, ladeando mi cuerpo para no mancharme con los tizones y cenizas, así, hasta que consigo atisbar a ver por el hueco lateral del tiro, el azul del cielo. Me pregunto como no entra la lluvia dentro.
Buscaba, con cierta intermitencia, la inscripción que Frank Lloyd Wright puso sobre la chimenea de su hogar. Encontré una foto de la ella hace tiempo. En ese entonces me fue muy propicia para cambiar muchas cosas.
Wright, concebía sus "casas de la pradera" a partir del "núcleo" de la chimenea, así como en el origen, se anuncia la vida que se está gestando con el primer latido.
Hoy, recordaba la chimenea de mi niñez, pero no recordaba las palabras del hogar de Wrigth.
Hoy, también, me he vuelto a encontrar con ellas.
Quizás la chimenea, el hogar, es el nexo de unión de todos los elementos: fuego, tierra, aire y agua.
El inconsciente lo sabe y las manos construyen desde el corazón justo aquello que necesitan.
jueves, 9 de febrero de 2017
Ser "guay"
¡Qué cara de felicidad tienen los agricultores!
Han conseguido la gran proeza en la historia de la humanidad de someter a unos frutos maravillosos, a la ingrata tarea de tener que crecer dentro de unos cartones pentagonales (todos iguales: faltaría más).
Supongo que están tan contentos porque han conseguido que los frutos sobrevivan y se han adaptado "dócilmente" a esa "faja tan guay" que les han puesto mientras crecían.
A veces me pregunto, que pensarán de nosotros las generaciones futuras cuando consideren y reflexionen sobre la estulticia e idiotez profunda que regían algunas facetas de nuestras vidas.
¡Qué será de nosotros, sus antecesores!
Demasiada locura y sinrazón.
Las naranjas pentagonales son algo anecdótico dentro del caos mundano, frente a la cantidad de barbaridades que soportamos silenciosamente (como las naranjas) a diario.
He elegido este ejemplo porque representa muy bien la vanidad humana.
¿Se ha preguntado alguna vez el hombre por qué la naturaleza no hace exactamente igual ningún ser a otro?
¿No es posible que su aparente derroche creativo sea la manera de reducir al mínimo el error?
El pensamiento dirigido hace en las mentes algo similar a los cartones pentagonales en las naranjas: convierte a un ser abierto y singular en un previsible patrón, pero sin embarcación para navegar. Claro.
Más, el hombre, poco a poco despierta de su letargo.
Y empieza a reconocer los hilos del pensamiento.
Descubre a cada paso un hilo nuevo.
Según los reconoce, los va desconectando.
Lienzo. Sampo Kaikkonen
La vida no espera. No tiene prisas, ni tampoco pausas.
La naturaleza se sobrepone a la más obscura sinrazón.
La vida sale al encuentro de la vida y donde sea que resuena, despierta el letargo y germina.
La vida sale al encuentro de la vida y donde sea que resuena, despierta el letargo y germina.
miércoles, 8 de febrero de 2017
Picea
Al vibrar el violín, se siente en cada una de sus notas, la fragante vida del árbol que fue.
Foto: Lola Moreno
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