sábado, 5 de agosto de 2017

Tanto tiempo sin saber

Me detengo a sumar el tiempo transcurrido desde el ultimo encuentro contigo y siento el vértigo de la indiferencia.

Noto el peso del aire en tu silencio, aire  aún denso pero que ya se respira mejor sin toda esa carga de dolor.
Tan enganchada estaba al dolor, que había olvidado que cada lamento por lo que no fue ni será ya, no hace sino ensuciar el presente y restar plenitud al regalo maravilloso que es el potencial del ahora, lleno de vida.

Al ir reconociendo los (últimos) elementos a los que me aferro y son mi freno, voy entendiendo que, en ocasiones, por no mirar dentro de mi, había llegado  a ser capaz de creer en cualquier cosa antes que afrontar el miedo que sujeta la mente a la ficción, todo ese inconsciente en el que se enmascara la verdadera realidad mezclada con impropios pensamientos.

Cuando creo haber alcanzado la meta, descubro que tras cada hito alcanzado hay otro todavía más elevado en una concatenación creciente sin fin.

Pienso en la alquimia transformadora del orden de los acontecimientos en la memoria y me parece un misterio que lo antes dolía tanto se sienta ahora tan distinto. De fracción fugaz de tiempo a fracción fugaz de tiempo, cada recuerdo se aprecia de diferente modo según el ánimo que impulsa el momento presente. Conseguir en la mente una buena convivencia con los recuerdos es la antesala de la calma interior. Encontrar el orden preciso de los acontecimientos es dotarles de sentido  en el ahora, integrarlos con lo que se es, procurando mantener el difícil equilibrio de cada instante.
Realizar ese orden es todo un arte, pues no hay vuelta atrás en el camino hacia uno mismo,  cuando has visto que es el único posible. Sus trazas empiezan a generarse desde la aceptación.


Desde una paciencia nueva, conmigo misma, empiezo a relacionarme con lo que realmente soy casi por vez primera.

Hace mucho, escribí o dije que me gusta quedarme con lo mejor de cada persona, siendo consciente de que cada ser tiene también cosas en las que no vibramos, con las que no sintonizamos.
De lo que no eran tan consciente, quizás, es de haber olvidado mis zonas luminosas que conviven con el mundo de las sombras.

Ahora,  pensaba que es probable que no vuelva a coincidir contigo
Antes esa idea me angustiaba y me ponía muy triste.
Lo cierto es que he aprendido a amarte más desde la soledad y el silencio.
Luego de amarte, a abrirme un poquito a los demás.
Y como nunca se sabe (que diría el Principito) llevo siempre un bote llenos de puntos y comas camuflado entre la arena de mis bolsillos.

Una vez quité el reloj de mi pulso, pues aprendí a medir el tiempo y el espacio entre presencias y ausencias, de persona a persona, de corazón a corazón.

El ser esencial que somos se enriquece con las armoniosas notas de todas esas flores que tienen a bien salir al encuentro en el camino. Sin ellas la vida sería algo insulso e insoportable.

Cuando una persona amada decide salir de mi vida, me quedo siempre con la sensación de si existiría  algo, alguna cosa que pudiera haber hecho o pudiera hacer para no caer en el olvido de esa persona. También con la quemazón de saber que podía haberlo hecho mucho mejor.

Apenas  comienzo a atisbar ahora, que el corazón carece de olvido.




































martes, 1 de agosto de 2017







Tómalas y convierte en hechos mis fantasías.


Cyrano de Bergerac




Descripción gráfica de perrito grande, ande o no ande












(Heroico es ir "tirazando" de un peluchón de ocho quintales a 40 grados a la sombra como prenda de amor y sin perder la sonrisa en ningún instante)

¿En qué creen los que no creen?

“Hace años que pienso que el término "creer" no describe bien la relación de una persona con Dios. Muy pocos santos o devotos de distintas religiones hablan de "creer". Ellos y cualquier "creyente" serio, viven en relación con Dios, así Dios sea una idea en sus cabezas. Del mismo modo que no decimos: "creo en el lápiz", "creo en el mantel" o "creo en el árbol", un "creyente" no se plantea si cree en Dios. Para él, Dios, de alguna manera, es una realidad, y uno no cree en realidades, sino que las vive, las experimenta, se relaciona con ellas. Incluso las olvida, en un sentido muy heideggeriano, como olvidamos unos zapatos que llevamos puestos que son cómodos, precisamente porque son cómodos. Y si esto es así con los creyentes, ¡Qué decir de los no creyentes! Pero en general, para vivir una vida plena y de un modo u otro trascendente, no hace falta tener o no tener creencia religiosa. No es "lo que creen" o "lo que no creen" lo que hace a los hombres, sino como viven su relación con un posible sentido de las cosas”.

Umberto Eco

¿En qué creen los que no creen? Un dialogo sobre la ética.
Fragmento