jueves, 11 de julio de 2024

El inconsciente también suelta

Tú que fuiste ruido en una maraña de silencio.

Fuiste esa herida que no pudo sanar sin desangrarme, por donde poquito a poco se me iba la vida. Así entendí que jamás iba a volver a encontrarte. 

Poco a poco me  he ido sosteniendo sólo con lo que realmente tengo, no con tu extraviada presencia. Dejé de alimentarme de quimeras, aunque mis ojos han perdido su chispa sagrada. Y mi voz antigua se diluyó en el mar de la nada.

Sueño que te veo entre la multitud y que no encuentro el camino que conduce hacía donde tú estás.

El caso es que yo quería fervientemente no pensarte, arrancarte de mi alma hecha pedazos, dejar de sufrir.

No sé exactamente como lo logré. Incluso ya te esfumas en mi subconsciente. 

Tú que no me ofreciste tu ayuda cuando me encontré al borde del abismo. 

Tú que llenabas de ruido el interior de mi mente enferma.

¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta antes de ahora que tú eras el abismo?

Caí. Morí. Resucité.

Renuncié a (casi) todo por nada.

Nada tuve.

Nada espero. 

Vivo en el trapecio, suspendida entre tensados cables y nubes. En un peculiar equilibrio inestable.

Paso de una posición de equilibrio a otra, diferenciada de la anterior por pequeños matices.

Lo más parecido a la felicidad que encuentro, es estar tranquila, estar en paz. Quizás eso sea la verdadera felicidad: estar en paz. En una paz de vivos. La paz eterna ya vendrá cuando dios quiera.

¿A cuenta de qué vengo aquí de nuevo a partir de un yelmo recuerdo?

Probablemente a cuenta de contarme que de la muerte también se sale. Yo sé bien que hay vida después de esta vida. No es mejor ni peor, es diferente, como cada paso que damos sin entender que todos los caminos nos llevan al otro lado del espejo. Y eso, es lo único que nos iguala, junto con el nacer.

Me gusta pasearme por estos lares, llevo haciéndolo mucho tiempo.

Me gusta soltar pensamientos que no me conduzcan a ningún sitio cierto y seguro.

No es que ya no quiera. es que necesito soñar con los pies en el suelo y vivir en el trapecio, pero siempre anclada entre dos puntos, aunque sea un equilibrio inestable, como la vida misma.










 

 

lunes, 24 de junio de 2024

Crecer

 Siempre crecer, sin mirar atrás, aún a riesgo de caer al abismo.

Casi todo por descubrir y , sin embargo, atrapada por mucho tiempo en la inercia de hacer lo mismo. Muchas veces, pastando conformismo cual manso rumiante.

Pero algo se prende en mi espíritu dormido. Y empieza a tirar de mi. Y me tensa y eleva.

Siempre crecer, como única elección. Elegir la vida, incendiar el espanto.
Pedañito a peldaño, confiando en los pies y en las manos que aún nos guían hacia caminos extraños.

Nunca dar nada por hecho. Nunca dar nada por acabado.



Otra vida

A veces, me siento atrapada por una rutina contra la que  mi imaginación no puede competir.

¿Acaso no estaré desaprovechando la ocasión de nuevo? ¿Cómo se puede llamar libertad a algo que se siente como cadenas que me aprietan y me ahogan?

No he sabido llenar este tiempo de potencial puro más que con una sucesión de nuevas inercias. Podrán ser inercias más o menos cómodas, pero es que no me bastan, necesito sentir de nuevo la pasión incendiándome el alma.

Cuando estaba saliendo de mi última crisis, sentía que había perdido el tiempo hundida en la prosa vil.

Ahora lo que me pasa es que empiezo a no reconocerme en nada: ni físicamente, ni en lo que hago, es como si se hubiese destruido mi fuerte personalidad con la crisis y me hubiese dejado pastando conformismo cual manso rumiante.

A veces siento los malos hábitos dinamitando todo lo que soy.  Me veo repitiendo hasta la naúsea cosas y situaciones que se bien que no funcionan. Y lo peor es que lo sé y no hago nada para evitarlo.

Hace mucho, le decía a una niña a la que ayudaba con las matemáticas: poco a poco construiremos un castillo. Ese infame plural con el que nunca construí nada.

Desde  luego que perdí el tiempo hundida en la prosa. Pero tampoco he sabido fundirme en unos maravillosos versos. Y tampoco creo que sea necesario.

Sin darme cuenta había decidido, para poder soportar el dolor de mis diversas heridas, renunciar a sentir y así me quedé reducida a la más mínima expresión. Y así he ido funcionando por un tiempo que ya se me antoja demasiado largo.

Ahora me pesa la renuncia absurda a los pequeños y grandes placeres de la vida. Porque es innecesario renunciar. Porque más allá del perdón y de los sentimientos de culpa, también hay vida.

Quiero no reconocerme en lo que soy ahora. No voy a volver a caer. Lo acepto y es el punto de partida de mi progresivo cambio. 

He estado aterida de miedos y llena de destructiva ansiedad demasiado tiempo. Creí que nunca iba a volver a ser yo. El hecho es que nunca me fuí del todo. Y que ya no quiero está vida. Entonces no me queda más remedio que inventarme otra. 

Allá voy.



miércoles, 24 de abril de 2024

 Muchas palabras para decir tan poco, para a tientas escarbar en la reseca tierra e intentar encontrar mis raíces. 



Confidencial

Sin pasión y sin entrega. Procuro desenvolverme en el vacío, este vacío que cada vez se hace más grande y en el que pongo menos cosas cada día. No es que haya tirado la toalla, es que la toalla, sencillamente, nunca existió.

Me he vuelto minimalista del sentir. Como siga así me voy a convertir en una escultura de sonrisa etrusca.
Hay demasiadas cosas para las que no tengo ni voy a tener respuesta. Por eso será que he aprendido a levantarme cada día aderezada con la única compañía de mis incógnitas. Cómo si no fuese el sino del ser humano convivir con ellas. Con las incógnitas, digo. Siempre superan a las respuestas.

Yo no me he propuesto volver a sentir. Quizás, lo que si decido libremente es amplificar las señales. Esas que noto dentro de mi y que a veces sacuden un poquito este pequeño mundo mío que he logrado construir.

Construyo sin saber nada. Sin palabras. Con un pensamiento fugaz que, a veces, se convierte en un fogonazo. O un fogonazo que me conduce a tu ser, sin remedio, una vez más, sin yo preverlo. Y me conformo con esa forma tan abstracta de ti, en la que reinan en soliloquio mis palabras, sin piel contra piel, sin estar, pero al mismo tiempo con la más plena presencia. 

Respirando hondo, modulo los instantes. Esos en los que te intuyo porque sí. Vuelves, sin moverte del sitio, para regalarme (de alguna manera) tu suavidad y ternura. Creo que, en realidad, tú nunca te has marchado de mi. Pese a mi inconstancia. Y mi poca fe. La poca que me dice que no voy a volver a confundirme y que soy la única responsable de mi destino.

Cómo explicar la vida sin ti, sin mi reloj y sin mi medida del espacio. 
Cómo decir que no sé ni como he logrado reconstruirme. Yo que hube de atravesar el centro del dolor y entregar una vida desnortada a cambio de coronar el reino de la soledad y del desapego. 
¿Sabes?, yo no tengo ni quiero lujos mundanos. Sé bien que puedo vivir sin verte, sin saber de ti, aunque a veces te confunda (por un instante) con otros avatares con los que me cruzo en la vida. Ya que aunque parezca imposible, nunca se extinguió mi deseo.

Tú me inspiras. 
Siempre pensé que te encontrabas al otro lado del espejo, sin entender lo que realmente ocurre: tú me habitas. Juegas a ser tú en cada poro de mi piel. Dentro de mi, en una apariencia de "siempre", de continuidad en la variación. Puede que al instante siguiente de ser en mi dejes de serlo y que  sólo me acompañe la nada, porque en este juego sutil lo único cierto es que nunca se sabe.

Hoy sólo soy una superviviente. Y, ¿ cómo podría alguien ser otra cosa?

Después del estruendoso ruido y de mi caída , creo que los instantes de paz que acontecen en mi día a día, son la única forma de felicidad posible que hoy y ahora tiene mi alma.

Muchas palabras para decir tan poco, para a tientas escarbar en la reseca tierra e intentar encontrar mis raíces. 

Tú lo haces más sencillo y no utilizas ni una sola palabra para conmigo, sólo la sutil vibración de tu ser en mi ser, construyendo sensaciones que no necesitan pasar por el filtro del intelecto. 
¡Y que para mi se queden!

Rasgo uno a uno los velos de la realidad. Detrás del último sólo queda la niebla persistente de mi memoria en la que se va desdibujando con fruición mi propia experiencia de vida. Ahí se mezclan todos los tiempos, sin orden ni concierto, como si tú y yo hubiésemos ocurrido en un mismo instante que se prolonga más allá de la muerte.